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Este monólogo me llegó gracias a un curso que realicé en la escuela donde comencé a estudiar teatro. El curso fue impartido por Antonio Valero, en la época en la que comenzaba en España el conocido programa de entretenimiento y humor El Club de la Comedia.
Me tocó aprenderme este texto y, realmente lo pasé bien. No puedo decir lo disfruté porque quizás me di cuenta de lo duro y difícil que es hacer reír.

Monólogo para escuchar

Aquí está el texto:

Hola buenas noches. He  vivido una experiencia muy fuerte. He estado en urgencias. Nada grave, afortunadamente. Pero he hecho un descubrimiento, que en las salas de urgencias de los hospitales se encuenra la verdadera democracia, allí todos somos iguales: (PAUSA) ¡Una mierda!
Lo primero que te encuentras, nada más entrar, es que cada uno va a su bola. Tú llegas con tu madre doblada porque le ha dado un cólico de riñón y la gente pasa de todo… Ni puñetero caso… Ves a un tío con bata blanca y le dices: “Oiga, mire, que mi madre…”  “Siéntese ahí un momentito, que enseguida le llaman”.  ¿Por qué pensarán que allí sentada le va a doler menos que en casa? ¿Es que ponen calmantes en el aire acondicionado?
Así que nada, aparcas a la mujer, y te pones a mirar a la gente. ¿Se han fijado cómo van vestidos? Uno va en pijama y con la chaquetilla del chándal, otro en batín, otro mitad en vaquero, mitad en pijama, otra con la bata de botatiné y otro desnudo con una manta por encima… Que piensas: ¡Joder, para una noche que salen, ya se podrían arreglar, ¿no?!
Enseguida se empieza a llenar aquello: De repente llega una familia con un niño que se ha comido la llave del aparador. Y con el niño y la llave vienen la madre, el padre, la suegra, el abuelo, la vecina… y no se han traído el aparador porque no cabía en el coche… Todos gritando a la vez… Y el médico que no sabe ni lo que pasa, ni quién es el enfermo… ni le importa. Setecientos tíos montando bulla. Digo yo, que en vez del cartel ese, con una enfermera tan mona, tan fashion, rogando silencio,  que qué asco me da lo mona que es… claro que seguro que no es feliz… deberían poner una foto del “Cholchenaguer” para que la gente se acojonase, que con las leches que debe dar, ya verías tú si guardaban silencio…
¿Por qué tendrán ese empeño en que guardemos silencio? ¿Para no molestar a los enfermos? ¡Pero si los enfermos están todos fuera, dentro sólo hay uno! ¿No sería más lógico que fuese al contrario? Decirle al de dentro… “Oiga señor, guarde silencio que ahí fuera hay un montón de gente enferma… Total usted tiene un hachazo en la cabeza…”
Y es que en las urgencias no te hacen ni caso aunque parezcas sacado de “Impacto TV”: Entra uno con el ojo en la mano y se acerca a la supervisora… “Disculpe, señorita.”  “Sí, sí… Siéntese ahí un momentito que enseguida le llaman”… (PAUSA) O llega otro con taquicardia, histérico diciendo… “¡¡No puedo respirar, no puedo respirar!!” Y le dicen: “¡Está ud. Muy nervioso!”,,, “¡Claro, por eso vengo! ¡¡¡Porque estoy nervioso!!!” … (PAUSA) Eso si no le dan un calmante y le dicen: “¡Vaya ud. Mañana al médico!” “¿Al médico? ¿Y esto que es un karaoke?” (PAUSA).
Por si te has perdido algo, siempre hay alguien que lo transmite por teléfono. Está dando el parte a la familia pero se entera todo el mundo: “No mamá, todavía no han visto al primo… Sí, el brazo cada vez lo tiene más morado… Pero aquí hay gente que está peor, a mi lado tengo una señora que se está muriendo…  Usted perdone, ¡eh!  Señora… Y hay otro que lleva el ojo como una molleja de pollo… No, no sé si llegaremos a comer… no nos esperes…
Hay un tío que no se mueve para nada, que dices: “¿A ese tío qué le pasa?” ¡Que está fiambre! ¡Está muerto!… ¡Enfermera, este señor se ha muerto!”… “Que se espere ahí, que le llamarán, joder…”
A todo esto, tu madre retorciéndose con el cólico… “¡Aaay!” (PAUSA) “Aaay” (PAUSA) “Aaay” (PAUSA)… “Oiga, ¿no le pueden dar a mi madre algo para el dolor?”. ¡Sí, sí, ya sé, que nos sentemos aquí un momentito que enseguida nos llaman!
Y así te tiras tres horas… o seis… Menos mal que las conversaciones son entretenidas. Porque en urgencias se crea una especie de competición a ver quién tiene la cosa más rara, y escuchas a uno que dice: “Me han sacado la basílica balear”,  “Pues a mí me duelen las verticales”, lo mío no es nada, un dolor “transistorio” … “Yo tengo un gato enterito con uniforme” … ¿Un gato enterito con uniforme? … Donde esté la universidad de la calle… ¡Menos mal que está el veterano, el abuelete ese que va todos los días y te traduce… “Esa lo que tiene es una gastroenteritis coloniforme”.
En las salas de esperas de urgencias normalmente los asientos están todos ocupados. Si tú, de pronto, ves que hay un sitio libre en mitad de un mogollón, te lanzas como una posesa y piensas: “Uy mira que raro, no se han dado cuenta de que aquí hay un asiento libre”. Te sientas… “¡Pero si va cagao!”… Te levantas de golpe y el tipo que huele mal, muy amable te dice… “Si quiere le guardo el sitio”… “No, no, no se preocupe, gracias, que tengo el culo muy ancho… y tú el muelle muy flojo”.
Los asientos en urgencias son como los del coche de James Bond. Tienen un muelle que en cuanto dicen tu nombre sales disparado… “Isabel Ruiz”. “¡Yo, yo!”. Da igual como estés, con el ojo colgando, los dientes en un kleenex… Sabes que tienes una oportunidad, sólo una. Como en las pescaderías: si dicen tu número y no estás, ¡al siguiente! ¡The next!
Eso explica también que los servicios siempre estén libres. Todo el mundo se está meando pero no va nadie por si le llaman… Cuando no puedes más, meas con la puerta abierta, porque en urgencias se pierde el pudor, y justo en ese momento… “¡Amelia Gutiérrez!” ¡Mi madre! Sales corriendo con los pantys en los tobillos, haciendo el pingüino…
¡De verdad que es muy fuerte! ¡Me voy porque a mi madre le han mandado un montón de pastillas y la tengo en casa, flipando en colores, drogá perdida! ¡Que no les pase ná! ¡Buenas noches!